Reflexiones libertarias sobre la actualidad
Omar Estrany*
La quinta esencia del capitalismo cultural moderno, los grandiosos festivales tematizados que toda urbe o región aspira a consolidar como una fuente estable de ingresos en determinadas épocas del año, ya no resultan suficientes para calmar las ansias depredadoras del complejo burocrático-mercantil metropolitano. Los diferentes intereses económicos, que planean una ciudad en la que generación de plusvalía sea una constante eterna, se alinean con las administraciones del Estado para idear la manera de que la facturación turística y la especulación inmobiliaria no se detengan. Hoy, esa alquimia político-económica ha perfeccionado una fórmula ya practicada en el pasado: los grandes eventos deportivos.
El capitalismo actual, el de colonización tecnológica como espectáculo perfeccionado, tematiza hasta tal punto el ocio que, de cualquier episodio o evento, por más banal que éste sea, puede fabricar rápidamente una experiencia vendible. La actividad física, y también el deporte metropolitano, por tanto, al formar parte de la estructura ociosa, de tiempo libre, del capitalismo contemporáneo, se inscribe absolutamente en la lógica de la vida cotidiana escindida, de la enajenación del sujeto, de la dinámica del consumo constante, la contemplación ampliada por el uso intensivo de dispositivos como medio de socialización, así como de la obediencia generalizada respecto a la planeación y ordenación del territorio por parte de los poderes. Convertir el deporte metropolitano en un evento, y conseguir que una buena parte de la población participe de ello, implica la subsunción mayoritaria de los usos del espacio público a la lógica de la relación burocrático-mercantil, o sea, como decía más arriba, a los intereses de la acumulación capitalista. Además, vivir el deporte como espectáculo, fotografiándolo, grabándolo, compartiendo los más variados exabruptos entre nuestra comunidad virtual, nos aleja de forma definitiva de la posibilidad de alcanzar una práctica del mismo que se sitúe a las antípodas de los patrones impuestos por la colonización tecnológica de la vida. A continuación, intentaré ilustrarlo con un ejemplo sencillo y de rabiosa actualidad.
Durante tres días, con ocasión de la salida de la ronda ciclista gala, el Ayuntamiento de Barcelona paraliza parcialmente la circulación motorizada y brinda a la población la posibilidad de contemplar como más de un centenar de deportistas profesionales recorren la ciudad, a imagen de vallas publicitarias rodantes, gracias a un gran despliegue de las diferentes policías y fuerzas de mantenimiento del statu quo. Por el contrario, la práctica metropolitana del ciclismo, como actividad cotidiana al margen de la lógica acelerada de la circulación mercantil, segura, sin coches, pensada para el disfrute de la ciudad a un ritmo diferente del propio de las conurbaciones capitalistas, es efectivamente imposible. De hecho, los valientes ciclistas que diariamente deciden desplazarse por la ciudad deben hacer frente a una cantidad ingente de peligros, moviéndose con obligada destreza entre autobuses, taxis, vehículos privados de transporte de viajeros, reparto de mercancías y los demás particulares que se desplazan con automóviles y motocicletas. Es evidente, pues, que la red de carriles bici es notablemente insuficiente para contrarrestar la hegemonía de la motorización metropolitana. Esto desincentiva la generación de una gran masa ciclista diaria y sirve de justificación político-administrativa para no mejorar la infraestructura que permita desplazamientos de los vecinos y vecinas a lo largo de la ciudad, a golpe de pedal. Sin embargo, el evento, en sí mismo, que ocupa una ínfima parte de la vida anual de la ciudad (2 días), se configura como la quinta esencia de la promoción de la movilidad sostenible metropolitana, con el concurso inestimable de los diferentes consistorios metropolitanos y su poderosa Diputación. Camisetas, gorras, banderolas, incluso exposiciones y ferias gastronómicas temáticas, contribuyen a consolidar la sensación, el imaginario colectivo, de que la bicicleta, por unas pocas jornadas, se sitúa en el centro. Y es cierto, en parte. La estructura mercantil erigida alrededor del ciclismo profesional, sus poderosos organizadores y marcas de patrocino, ocupan la centralidad de la exposición mediática, sin duda. Sin ir más lejos, el conseller del ramo en Cataluña, Berni Álvarez, estima el impacto de la grande bouclé en más de 100 millones de euros y reclama la celebración de un gran acontecimiento internacional cada año (El País, hoy).
Es justamente aquí donde reside la magia de un sistema social lubricado por una socialización mercantil a todos los niveles. Hasta el punto que, entonces, de forma sublime, no puede sorprendernos el hecho de que la población confunda rápidamente ciclismo, o el deporte en general (no quiero entrar en el Mundial USA, pero más de lo mismo), con el capitalismo. De la misma manera que, siguiendo el razonamiento, la socialización, hoy, resulta inseparable de la colonización tecnológica y hemos normalizado, con total naturalidad, que los dispositivos serán el vehículo mediante el cual viviremos una vida que ya no nos pertenece en absoluto.
Tomando como presupuesto la necesidad del ciclismo metropolitano, no como ocio escindido del resto de la vida cotidiana, sino como parte de nuestra forma de habitar el territorio y desplazarnos por él, debemos trascender las lógicas del mercado que convierten todo lo que tocan en mercancía, espectáculo y experiencia de consumo. El deporte autónomo, pero especialmente el andar en bicicleta, ya que constituye una forma sencilla y eficiente de desplazarse por el entramado urbano y metropolitano, es aquél que acontece o se practica al margen de lo que pueda establecer o determinar la administración estatal, y diría que de forma antagónica a aquélla. La bicicleta, sea como fuere, debe ocupar diariamente y de forma masiva la vía publica para, ocupándola, desplazar la motorización hegemónica. Por desgracia, la industrialización de la movilidad bajo el capitalismo, y eso incluye también la electrificación de diversa índole, nunca cederá voluntariamente el espacio reservado a la circulación acelerada y, por tanto, tampoco podemos esperar cándidamente que el Estado lo haga, pues ha mostrado repetidamente su entusiasta genuflexión a los intereses de la motorización generalizada. El ciclismo sin pretensiones, así, no como evento o experiencia de consumo, sino como praxis cotidiana consciente, es el medio autónomo y autogestionado de enfrentarnos a la colonización tecnológica en el plano de la movilidad urbana y la ocupación del espacio público.
*Frente al estado de cosas actual, Omar se siente desorientado, no se reconoce a sí mismo, únicamente como pseudónimo.
Imagen de portada. Vuelta Valles Mineros 1980. Biblioteca de Asturias (BVPB). Dominio público.

