Breve reflexión intempestiva sobre lo acontecido en Torre-Pacheco.

Omar Estrany*

No hay duda de que el calor mediterráneo enciende los ánimos, impone una singular carga explosiva al carácter. Especialmente, en aquellos entornos especialmente vulnerables y entre las personas que encuentran dificultades añadidas para satisfacer las necesidades más básicas. Pienso ahora en los recientes acontecimientos ocurridos en la localidad murciana de Torre-Pacheco, donde grupos organizados de ultraderecha han acosado de forma violenta, y a plena luz del día (y de las cámaras) a personas racializadas, a migrantes de primera y segunda generación (padres e hijos). Incluso, se han producido asaltos a comercios regentados por estos vecinos que, como la estrategia en sí misma, contienen un claro mensaje, no únicamente dirigido a ellos mismos, sino al conjunto de la sociedad mediada por el espectáculo:

“No os queremos cerca nuestro, no aceptamos convivir con vosotros a menos, claro, que claudiquéis incondicionalmente ante nuestras condiciones de visibilidad. Es decir, que os volváis invisibles mientras seguís realizando, con abnegación, las tareas más desagradecidas (que suelen ser también las más peligrosas), sin levantar ni siquiera una tímida voz de protesta. Además, debéis aceptar nuestro acoso legítimo, siempre que consideremos oportuno recordaros que permanecéis aquí solo porque nosotros lo consentimos”.

Este sería el mensaje que, de forma sintética, vertebra el espectro más incómodo de la ideología dominante en relación con el fenómeno migratorio. En sí mismo, es revelador y, de paso, tiene la capacidad de clarificar cuales son las verdaderas causas de que estos episodios sucedan con relativa normalidad. Y cuando digo esto, cuando destaco la normalidad de las agresiones racistas por parte de grupos organizados de matones neonazis, destaco que la única respuesta que ha recibido la violencia racista proviene de la administración, de los gobiernos, cuyas políticas supestamente combaten la discriminación racial. Sin embargo, la realidad tiene otro color muy distinto. Los hechos adoptan el tono de la pobreza, la exclusión, la vulnerabilidad rampante y la violencia institucional.

Si el racismo más violento se expresa con desvergüenza e impunidad en las calles, es precisamente porque no encuentra una respuesta organizada entre la población, igual de contundente que su agresión. Tampoco, aunque aceptar esto resulte harto incómodo, entre la misma comunidad migrante. El discurso de odio, xenófobo, fundamentado en estereotipos, que expande el recelo racista entre la población, posee una desgraciada correspondencia material de la que es responsable el sistema económico, y también el Estado, como instancia política que garantiza la continuidad del statu quo espectacular-mercantil. Las instancias gubernamentales claman falsamente contra la discriminación radial pero, al mismo tiempo, sostienen sistemáticamente las condiciones materiales que lo posibilitan: desigualdad educativa, vulnerabilidad habitacional y precariedad laboral, entre otras. Estos aspectos no tienen únicamente que ver con la condición migrada y racializada de sus protagonistas, sino, obviamente, con su posición económica, con su posición de clase. Por tanto, no podemos esperar que la administración, por sí misma, revierta esta situación, ni se encuentre en condiciones de garantizar la seguridad física de la clase trabajadora migrante, si antes no se dan las condiciones para su emancipación efectiva respecto de las vulnerabilidades inherentes a su posición. Y en este campo no podemos esperar la comparecencia del complejo burocrático-administrativo. En este caso, son los trabajadores migrantes por sí mismos, junto con sus familias y su entorno vecinal, sus espacios comunes de interrelación y afinidad, quienes deben responder a las andanadas de la extrema derecha ultraviolenta -con el añadido de la inacción gubernamental- desde la calle, desde los mismo espacios que sirven de escenario cotidiano para las agresiones y los destrozos que se han podido observar a través de los medios de comunicación.

En síntesis, el asunto trata de soberanía comunitaria y territorial dentro del tejido urbano, que toma los clásicos nombres de autodefensa desde la autonomía, autoorganización colectiva o acción contrainstitucional. Solo así se podrá contener el hasta ahora imparable avance de la ideología dominante materializada, en este caso que nos ocupa, en forma de violencia racista, intolerancia, xenofobia y fascismo. La clave, pues, reside en la capacidad de organización de la clase trabajadora en términos de su vulnerabilidad y fragilidad económicas y habitacionales compartidas, frente al desarrollismo mercantil salvaje, con miras a satisfacer sus necesidades materiales al margen del mercado (vivienda, consumo de víveres, etc.) y del trabajo asalariado (sindicación no cómplice, sabotaje, negación de la vida metropolitana y sus nocividades, etc.). Será únicamente, insisto, según esta humilde hipótesis, una organización de este tipo la que permitirá contener el avance de la sinrazón, la demagogia y las incendiarias mentiras estereotípicas características de la extrema derecha y el fascismo, que, repito, no constituyen otra cosa que la expresión desacomplejada de la ideología dominante.

Nada sorprendente en el fondo y mucho ruido en las formas, debido a la particular coyuntura socio-histórica que nos ha tocado vivir: el gran desierto de la desmovilización, la desaparición del antagonismo político radical y el entierro definitivo del pensamiento crítico, que retroceden sin posibilidad de resistencia, a la par que permitimos -con nuestra pasividad expectante, ruborizados por el suministro ininterrumpido de imágenes reflejadas por el dispositivo- el aplastante avance del dominio tecnológico, y con él la trágica obediencia social masiva, en todas las esferas de nuestra vida.


*Dècades enrere i d’una forma no acadèmica, l’Omar va començar a interessar-se per la filosofia social i la teoria crítica, posant especial atenció a les patologies inherents a una vida quotidiana travessada pel treball assalariat, els diners i la mercaderia. En aquests temps en què regna la falsa consciència, l’Omar es troba en una situació estranya; no es reconeix a sí mateix, només com a pseudònim.