Todos los esfuerzos vinculados a la crítica radical, las luchas contra el desarrollo mercantil depredador, el nuevo industrialismo de raíz tecnocrática, el enésimo repliegue burocrático-autoritario de los sistemas estatales y la dominación tecnológica de la vida; en definitiva, las iniciativas surgidas del antagonismo social de corte autónomo y autogestionario, en esta actualidad convulsa que nos ha tocado vivir, se enfrentan a un desafío sin precedentes en la historia reciente del binomio capitalismo-estado (nación). De hecho, se trata de un desafío que permite entrever múltiples derivaciones, cada una de ellas más aterradora que la anterior, aunque estrechamente interrelacionadas entre sí. Veamos algunas.
Antes de eso, y como ya habrán podido advertir, nuestra primera editorial no será un texto que destaque de forma especial por su optimismo, no hallarán aquí nada parecido a un programa y nos alejaremos sin dudarlo de todo pensamiento mágico, un recurso por desgracia utilizado hasta la saciedad por aquellos que dicen representar el progresismo contemporáneo. Con todo, llegado el momento de darle forma a la presente edición, se creyó de la máxima necesidad, urgente, adoptar una serie limitada de posiciones en relación con la actualidad vivida en este pequeño rincón mediterráneo. No se lleven a confusión, sirva como advertencia. Este posicionamiento no es aclaratorio, tampoco constituye un simple aviso a navegantes. Suficientes etiquetas y calificaciones recibieron las páginas esta revista en el momento de su nacimiento, como publicación exclusivamente digital, allá por el verano de 2019; todas, con ánimo de petrificarla para bienestar ideológico del respetable, de encorsetarla en un conjunto limitado de características previsibles. No hemos venido, pues, a rebatir críticas, ya que sería imposible dar a vasto, ni en mil años. Tampoco, sentimos la decepción, poseemos interés por definirnos. Como ya se ha dicho, ese extremo sucederá, en cualquier caso, con independencia de lo que tengamos que decir al respecto. No lo haremos, pues, más allá de nuestra críptica y cristalina inscripción frontispicia: libertaria, autónoma y apátrida.
Dicho lo anterior, retomamos el hilo. La dramática desmovilización social del antagonismo político, en la conurbación barcelonesa, iniciada en 2012 y culminada durante los años posteriores a la indignación y el proceso nacionalista, sumada al avance sin tregua de la colonización tecnológica y la concatenación de crisis sistémicas del capitalismo mundial, han convertido en imposible la ya difícil aventura consistente en la articulación de un sujeto político revolucionario, al amparo, claro está, de un puñado de puntos de partida que pudiesen actuar como mínimo común denominador: autonomía, autogestión, antiautoritarismo, internacionalismo y rechazo al industrialismo depredador. Cada uno de estos elementos por separado admite cientos, sino miles, de matices, aproximaciones o lecturas. Podríamos profundizar en alguno de ellos, reconociendo los límites de este texto, que se pretende simplemente introductorio, mencionando la profunda aversión a la delegación y la especialización políticas, la acuciante lucha por un confederalismo democrático que niegue, supere y disuelva el actual aparato burocrático-estatal. También, seria preciso referirse a la crítica sin paliativos a la mercantilización de todo lo vivo, humano, animal o perteneciente a cualesquiera otros ámbitos de la naturaleza; el antidesarrollismo, claro está, que se desprende de forma natural de lo anterior y la contundente negación de la ideología tecnocrática dominante, basada en la supuesta neutralidad del sistema-máquina nacido del modo de producción mercantil-espectacular, siendo la inteligencia artificial su más significado exponente. Como pueden notar, incuso así, esta pequeña enumeración, siendo necesaria, es en sí misma insuficiente a medida que nos adentramos en la miríada de situaciones que requieren, como agua de mayo, la incisiva atención de la crítica.
No podemos negar el fracaso, ni tampoco la derrota. Muy al contrario, los admitimos prescindiendo de paños calientes, al tiempo que reconocemos la situación presente como el punto de partida necesario. Ante nosotros se erige el dominio cuasi absoluto de una subjetividad, de un carácter social mayoritario, conformada según las necesidades del capitalismo mercantil. Contemplación, temor neurótico y narcisismo, entre otros rasgos de personalidad, constituyen la férrea mordaza política del individuo contemporáneo, como mínimo en los dominios de lo que un día se llegó a conocer como Occidente y que David Graeber rebautizó como el norte del Atlántico. Profundizar en el conocimiento de esta particular subjetividad contemporánea, tecnófila, en ocasiones tecnoadicta, sumisa, obediente y rota en lo afectivo, fruto de la atomización provocada por la hegemonía de la socialización digital, es uno de los objetivos principales del objeto que sujetan entre sus manos. Conocer en grado máximo las derivaciones de la dominación, en lo social, en lo político, pero también en lo psicológico, nos deberá proporcionar cierta ventaja, un ligero viento a favor, llegado el momento de pensar la construcción de un mundo totalmente nuevo, partiendo, claro está, de las cenizas del actual estado de cosas. Somos conscientes de que nos enfrentamos a una difícil tarea, en ocasiones inverosímil, irrealizable o simplemente descabellada, ya el momento actual se nos presenta como eterno, sin conexión con la historia reciente, universalmente beneficioso y, por tanto, el único horizonte vital posible.
No nos planteamos la crítica radical como una actitud impostada, tampoco es para nosotros una simple herramienta de la que valernos según la coyuntura, para luego abandonarla cuando la correlación de fuerzas en la institución-Estado nos resulte favorable y nos permita acceder a ciertos privilegios. No somos oportunistas. La crítica no es otra cosa que una necesidad imperiosa y ineludible, una actitud teórica y práctica que parte de la negación radical de lo existente. Sencillamente, es nuestra particular nuestra arma de doble filo: destruye lo viejo y crea lo nuevo de forma simultánea.

