Análisis de la situación II. Cuatro fundamentos para una crítica de la economía social y solidaria

REFLEXIONES LIBERTARIAS SOBRE LA ACTUALIDAD

Omar Estrany*

Hasta ahora no había tenido noticia alguna, pero al parecer existe un mundo, específicamente una realidad económica y social, situada al margen del capitalismo y sus particulares relaciones de producción. Debe tratarse de una especial cualidad de percepción absolutamente desconocida, así como inalcanzable, para quien escribe. Todo un don de clarividencia, no cabe duda. ¿Nos referimos a una facticidad ineludible, un hecho evidente y fácil de constatar? O, en cambio, ¿nos encontramos frente una dimensión parcialmente oculta para la mayoría de la población, cuya valoración solo resulta posible a través de un peculiar entrenamiento ideológico? Resulta innegable la existencia de personas, especialmente concentradas en el rincón noreste de la península, que profesan un tipo particular de fe en lo que respecta a las capacidades de la llamada economía social y solidaria. Asimismo, estos perfiles suelen demostrar una peculiar manera de valorar su impacto en la salvaje arena del capitalismo digital mundializado. El entusiasmo es, sin duda, tan excesivo como infundado.

El primer Grundisse, y también el más importante, se refiere a la supuesta separación entre la economía capitalista y la economía solidaria. Por medio de sociedades cooperativas y otras formas jurídicas que declaran no poseer ánimo de lucro en sus actividades, se establecería una realidad económica paralela, relativamente a salvo de los potentes condicionantes impuestos por la competencia, la tendencia a la concentración de capitales y la división internacional de trabajo. Esta supuesta dimensión alternativa, según uno de sus teóricos más insistentes, permitiría la creación y -supuestamente- el mantenimiento de una estructura económica, fundamentalmente metropolitana y centrada en los servicios, suficiente para que los individuos y sus comunidades puedan satisfacer las necesidades materiales más variopintas[1]. En la actualidad y, siguiendo una eventual tendencia ascendente, también en el futuro. No podemos, sin embargo, entrar todavía en los detalles. Es preciso primero centrarse en algo más relevante, que pone claramente de manifiesto el punto de partida, el posicionamiento político del autor. García Jané nos advierte, de forma indirecta, que puede existir un Estado amigo de la economía social, solidario en su esencia y, además, le reserva un papel nuclear en lo que el considera una auténtica substitución económica. O sea, gracias al concurso de un ‘tipo determinado de Estado’, especialmente sensible y comprometido socialmente, el tejido societario de la economía social se encontrará en disposición de substituir al ‘capitalismo’. Y lo que resulta más llamativo, si cabe, es que si ese extremo no ha sucedido todavía es porque el aparato burocrático es perverso, malo, y favorece determinados intereses espurios (los de las multinacionales) que nada tienen que ver con las necesidades de la mayoría de la población. Unas necesidades, por cierto, que solo conocen los agentes de la economía social y sus exegetas por medio de la virtud clarividente a la que hice referencia más arriba.

En segundo lugar, es una verdadera lástima, sino una auténtica desgracia, que las cabezas pensantes de la economía social del noreste peninsular hayan sido absolutamente ajenas al inmenso catálogo de armas conceptuales que, durante décadas, puso a disposición la crítica social radical, partiendo del mismo Marx, en su vertiente más dialéctica, dirían algunos, pasando necesariamente por Bakunin, Kropotkin, Pannekoek, Korsch, Luxemburg, Mumford, Marcuse, Adorno, Reich, Debord junto con toda la I.S., Anselm Jappé y un larguísimo etcétera. Si lo hubieran hecho, y con más razón aún, si manifestaran una preocupación auténtica relacionada con el ascenso de las extremas derechas nacionalistas; esto es, si existiera verdadero interés en el papel que puede jugar la economía social frente al convulso momento político actual, sabrían perfectamente que Estado y capitalismo, siempre, constituyen dos caras de una misma moneda[2]. En efecto, el uno sin el otro no puede existir y, así, su necesidad mutua alcanza niveles descabellados, a imagen de cualquier relación neurótica que se precie. Ambos se requieren constantemente, no sin tensiones y momentos de crisis, como resulta lógico. Lo que sucede en este asunto, claro, como se deriva necesariamente de su posibilismo patológico, es que la forma Estado no les molesta en absoluto a los ideólogos y los emprendedores de la economía social, especialmente en Cataluña. De hecho, la economía social milita por un orden social burocrático-mercantil mejorado, supuestamente justo e igualitario, a través de infantiles ensoñaciones que proyectan una realidad totalmente imposible[3].

El tercer fundamento se limita, en línea con lo expuesto hasta ahora, a poner de manifiesto que la economía social, en realidad, nunca ha salido del marco del liberalismo clásico. Con éste, las nuevas manifestaciones del capitalismo contemporáneo aceptan la regulación social a través del mercado, junto al Estado como agente coercitivo, y le otorgan a todo lo anterior el carácter de ley natural, pese a su insistente negación ideológica del capitalismo. De lo contrario, es difícil comprender su aceptación voluntaria, en ocasiones entusiasta, de la configuración burocrático-administrativa de la vida. El paradigma teórico de la economía social es puramente liberal y, por tanto, está fundado en la hipocresía y en la contradicción entre la esencia y la apariencia. Contiene un elemento de racionalidad, por tanto, de verdad, en relación con las posibilidades de la extensión del cooperativismo moderno, en unas condiciones socioeconómicas muy particulares. Sin embargo, el funcionamiento normal de las relaciones de producción, en el marco del capitalismo burocrático-digital mundializado, impiden la realización efectiva de esa promesa. Así, como resulta más que obvio, la ideología de la economía social se demuestra totalmente ciega ante esa contradicción fundamental y, como no puede ser de otra manera, cae de forma patológica en su propia trampa de autoengaño y falsa consciencia. De forma efectiva, ha aceptado la creencia mágica en la posibilidad de convertir en hegemónicas los valores de la solidaridad económica sin la necesidad de acometer transformaciones estructurales profundas, radicales, en la estructura social y política; y esto, a todas luces, es efectivamente imposible.

En buena medida, el tiempo de trabajo de las cooperativas metropolitanas contemporáneas se emplea en la solicitud, gestión y justificación de subvenciones provenientes de los poderes gubernamentales, sin las cuales -todo sea dicho- su supervivencia organizacional no sería posible.  En este contexto, no puede sorprender a nadie que la economía social como grupo de interés, como lobby, sea incapaz de articular una alternativa coherente, centrada en la autogestión, al margen de los circuitos mercantiles y burocráticos hegemónicos. Por su parte, la economía social de plataforma, centrada en replicar aplicaciones de servicios ya existentes en el mercado, otorgándoles un ficticio valor diferencial de carácter ético, constituye un ejemplo prototípico de lo que apuntaba más arriba.  La contradicción fundamental, pero también fundacional, de la economía social contemporánea, especialmente la metropolitana, no reside en otro lugar. Pretende ciclostilar el capitalismo moldeando sus propuestas solidarias mediante una apariencia ética, responsable y ecológicamente sostenible. Cualquiera puede detectar la magnitud del delirio, del sinsentido, al conjugar, sin rubor, tecnología punta y sostenibilidad ecológica.

Con todo, la economía social no puede sino concurrir en la arena de la competencia, en profunda desigualdad respecto a corporaciones trasnacionales que disponen de ingentes recursos, pues son capaces de alcanzar mercados infinitamente mayores. Así, los exegetas de la nueva economía proyectan un escenario futuro que resulta esencialmente imposible, teniendo en cuenta la estructura de costes de buena parte de sus proyectos empresariales, centrados en el sector terciario. En el páramo de la concurrencia salvaje, no existe un lugar reservado para los principios ni tampoco para la ética; por lo tanto, no puede esperarse -lo contrario resultaría excesivamente ingenuo- un cambio substancial, ni tampoco masivo, en los hábitos de consumo individuales. La economía social contemporánea, así, invierte los términos y pretende actuar en los síntomas (como apuntaba, la manera de consumir), obviamente, y no en las causas, en la raíz material que alimenta el funcionamiento del statu quo. Es por esto que, por ejemplo, en lugar de cuestionar radicalmente la colonización tecnológica de la vida, se apresura para adaptarse a ella imprimiéndole una fina pátina de responsabilidad social, con objeto de establecer su propia cuota de mercado. En su forma empresarial, pues, el cooperativismo contemporáneo nunca podrá existir como movimiento social contrario al discurrir normal del capitalismo, al contrario de lo que piensan sus propagandistas.

El cuarto y último elemento tiene que ver con la peculiar estructura de necesidades que enfrentan los individuos, y las colectividades a las que pertenecen, en una vida cotidiana desgraciadamente atravesada por la racionalidad instrumental, la aceleración comunicativa, la contemplación patológica y un consumo narcisista hegemónico. En absoluto olvido la pesada cadena del trabajo asalariado, tampoco el drama habitacional, la apisonadora turística que arrasa los barrios y el doble sometimiento del territorio: por un lado, a la misma lógica del viaje efímero y estandarizado como válvula de escape metropolitana y, por otro, al monocultivo (literal) de la industria alimentaria; esto es, cerdos y alimento para cerdos. Con este panorama, me permitirá el lector que lance una más que justificada sospecha sobre el grado de alternativa real al capitalismo que supone -y lo que sigue son únicamente algunos ejemplos relacionados sin orden ni concierto- hipotecarse solidariamente, auto explotarse en lo laboral (con su impacto, que no es poco, en términos de salud psicosocial[4]), conseguir que el nombre del operador ético aparezca en la pantalla de nuestro dispositivo, conducir vehículos cooperativos que montan las mismas baterías que cualquier otro (y que se enfrentan al mismo reto cuando se agoten sus ciclos de carga) o pagar con una tarjeta solidaria -pero Visa, como todas- los precios prohibitivos de la vida en una ciudad pensada para el acontecimiento, la imagen, el instante y la acumulación. Empaparse corporativamente con una fina capa -vistosa y llamativa, de eso no hay duda- de supuesto anticapitalismo y pretendida solidaridad, solo por insistir en lo puramente léxico, en lo estético, en lo discursivo, no modifica el material de que están hechas las relaciones sociales bajo el actual modo de producción[5]. De hecho, se trata de una cobertura harto superficial, tan sumamente frágil, que ante el mínimo roce sale a relucir su verdadera esencia, su realidad; sí, la realidad que sufren buena parte de los trabajadores y trabajadoras a los que la ideología de la economía social no les va a mejorar la vida en lo mundano[6]. Sea como fuere, el primer paso podría ser descubrir la farsa, sin miedo, y pensar colectivamente un futuro despojado completamente de las categorías, valores (por ejemplo, la ideología tecnológica, junto con su colonización) y hábitos, pero también de sus instancias de control y represión inherentes, como el aparato burocrático-administrativo, léase el Estado, que sustentan el orden vigente en nuestros días.


* Frente al estado de cosas actual, Omar se siente desorientado, no se reconoce a sí mismo, únicamente como pseudónimo.


[1] https://www.elcritic.cat/entrevistes/jordi-garcia-jane-lestat-capitalista-no-permetra-que-som-energia-tingui-vuit-milions-de-socis-259155

[2] https://www.elcritic.cat/reportatges/com-pot-economia-social-i-solidaria-frenar-extrema-dreta-275290

[3] Sin ir más lejos, no hay más que ver su precoz deseo por desarrollar un uso ‘democrático, ético y socialmente responsable’ de los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés), que se conjuga ignominiosamente -sin que nadie se despeine- con la sostenibilidad ecológica. Véase, de nuevo, el medio digital que funciona como correa de transmisión del aparato ideológico de la economía social: https://www.elcritic.cat/reportatges/la-ia-entra-al-cooperativisme-contradiccions-i-preguntes-obertes-dins-ess-272146. En este sentido, si por comunidad se entiende algo relativo a lo humano que desafíe y trascienda la aceleración mercantil digital, de ninguna manera es posible un uso no extractivista y no desarrollista de la inteligencia artificial.

[4] Véase el incisivo análisis que el colectivo ‘Deliberaciones’ realiza sobre estos temas en su artículo Politizar el sufrimiento: capitalismo y salud mental, aparecido en el quinto número de la edición impresa de la revista Redes Libertarias (2026).

[5] https://www.cgtbarcelona.org/inspeccio-de-treball-sanciona-novament-a-suara-per-vulneracio-de-drets-sindicals-a-cgt/

[6] https://masala.cat/la-invisibilitzacio-del-malestar-dins-el-cooperativisme/


Imagen de portada. Victor Considérant – Description du phalanstère et considérations sociales sur l’architectonique, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=7761334 público.