Antidesarrollismo vs. Decrecentismo. Entrevista a Miquel Amorós (Desde otras islas)

Posibles preguntas de Vicente Guedero para una entrevista con Miquel Amorós sobre el libro citado en el título, a emitir en el podcast ‘Desde otras islas’  (Briega. Contra-infOrmación en Cantabria)

Nota de la redacción: La entrevista definitiva se emitió el día 2 de octubre y se ha divido en dos audios accesibles desde la web de Briega (Parte I y Parte II). Miquel Amorós remitió el texto para su publicación en Antagonistas el día 22 de octubre.


Pregunta. A lo largo de los últimos lustros has escrito mucho sobre decrecentismo, pero de forma puntual y aislada, ¿Cómo surgió la idea de publicar un libro con todos tus artículos y entrevistas sobre ese asunto?

Respuesta. Fue una propuesta de los compañeros de Ediciones Fantasma. Pensaban que el conjunto de textos ya escritos sobre el decrecentismo aportarían una visión crítica global del mismo, ahora que al parecer las sugerencias de apretarse el cinturón, hechas tanto desde las instituciones como desde la oposición, vuelven a estar en danza. Señal de que las perspectivas de futuro son tan pésimas que el poder prefiere no ocultarlas. Por primera vez en la historia del capitalismo, la clase dirigente no promete un futuro mejor.

P. Actualmente, muchos autores y divulgadores que se consideran decrecentistas, tocan el asunto de los límites energéticos actuales (y la nocividad del sistema de producción industrial actual). Pero desde los años 60 esta labor ya la realizaron muchos investigadores, ¿echas de menos autores actuales que desde el antidesarrollismo hagan esa labor? ¿tal vez el problema esté en que no dispongan de medios de comunicación masivos para hacerlo?

R. La sociedad industrial -la sociedad convertida en fábrica- está estructurada por el capital, la técnica puntera y la información. Esa es la tesis central del antidesarrollismo, pero echo de menos una crítica más rotunda de la tecnología en los medios antidesarrollistas, especialmente de la digital, y no solo por el completo control social que implica o el despilfarro energético que provoca, sino como principal fuerza productiva y segunda naturaleza del ser humano contemporáneo. El hombre está subordinado a las imposiciones de la técnica y no al contrario. La dependencia es total. Como dice Gunther Anders, para sobrevivir en este mundo hay que adaptarse a la máquina y pensar como ella, lo cual en clave informática significa estar conectado en permanencia. Teniendo eso en cuenta, el antidesarrollismo libertario difiere del decrecentismo mayoritario en la voluntad de renunciar al aparato tecnoindustrial presente en lugar de “democratizarlo” o “reverdecerlo.” Evidentemente, tal actitud no va a encontrar eco en los medios de comunicación, hostiles por definición a la protesta “antisistema.”

P. Afirmas que el antidesarrollismo es un sentimiento “difuso de futuro fallido”. ¿La utopía viene a proporcionarnos un futuro emancipado? Ese sentimiento de futuro fallido del antidesarrollismo, ¿nos puede servir para evitar volver a entrar en callejones sin salida como fue el “mito del progreso”?

R. Empezamos por lo último: el antidesarrollismo parte de la crítica del mito burgués del Progreso. La crítica anti-industrial o antidesarrollista desgraciadamente no es por el momento una concepción liberadora consciente en las masas, ya que no ha llegado a difundirse lo suficiente, pero sí que está presente como sensación difusa de la catástrofe venidera, o como intuición del próximo colapso. La lucha ayuda a que el sentimiento llegue a la conciencia.

P. En tu libro afirmas que el decrecentismo tiene su origen en universidades e institutos científicos. De hecho, te refieres a él como un decrecentismo académico. ¿Existe un decrecentismo que actúe al margen de las universidades?

R. Por supuesto que existe. En los medios autónomos, autogestionarios y anarcosindicalistas la idea del decrecimiento está ampliamente extendida, aunque no exenta de los clichés del ecociudadanismo y de la fe en una “transición” tranquila. También lo está entre científicos honestos y expertos disidentes alarmados por las consecuencias catastróficas del desarrollo económico, muy dados -por la atmósfera ideológica que respiran en su ambiente- a recurrir a las administraciones.

P. En ese sentido, abordas el problema de la cooptación de ciertos autores en principio críticos con el capitalismo por parte de universidades y grupos de investigación. Muchos divulgadores decrecentistas dejan a un lado el discurso de la lucha de clases para poder encajar cómodamente en actividades académicas, como Fernando Valladares o Yayo Herrero. ¿Crees que este tipo de decrecimiento es el mayoritario? ¿Crees que a pesar de estar muy vinculados con los círculos académicos pueden aportarnos información para desarrollar una teoría revolucionaria más sólida o podemos prescindir de sus estudios?

R. Es mayoritario en los medios y la universidad, y la información que aportan sus vedettes es tóxica. Los eco-oportunistas como los que mencionas tratan de vendernos la quimera de que otro capitalismo es posible, “sostenible”, al que se puede acceder a través de un Pacto Verde con el empresariado, sin violencias, sin renunciar al desarrollo, ni tampoco al modo de vida consumista. Por eso no nos queda otra que ir de la mano de un Estado asesorado por burócratas ecologistas patentados. Al aconsejar la adhesión al poder estatal claramente nos transmiten un mensaje de sumisión, puesto que el acompañamiento de las catástrofes venideras serán los confinamientos, los toques de queda, los racionamientos y los estados de excepción. Por otro lado, lo que podamos deducir de los trabajos académicos, cualquier persona podría hacerlo sin necesidad de ellos. El culto de la objetividad científica impersonal, sin sujeto, es la religión de la burocracia. Como bien nos señalan Semprun y Riesel en el libro del “Catastrofismo”, el fetichismo de los datos no tiene nada que ver con el miedo al error, sino con el miedo a la verdad.

P. En determinados foros decrecentistas afirman que tus críticas al decrecentismo están hechas con brocha gorda, pues no consideras que hay un decrecentismo libertario, que da la espalda al Estado. Pero estos autores ignoran que en tu libro, dedicas varios artículos y varias páginas a lo que podría llamarse un decrecentismo libertario en el Reino de España, llegas a dar nombres concretos como Carlos Taibo y lanzas críticas bastante fundamentadas. ¿Por qué ese decrecimiento según tú no es libertario? En tu libro ya pones sobre la mesa que rehuyen el sabotaje o su apoyo a la renta básica. Podrías extenderte un poco más en este punto.

R. De costumbre se califica de libertario al tipo de decrecentismo independiente del que se pregona desde la izquierda ciudadanista, que, para no asustar a los empresarios, ahora llaman “poscrecimiento”. Lo que yo remarcaría es que, al adoptar una fórmula de moda polivalente, el decrecentismo autodenominado libertario se sitúa de lleno en una zona gris donde coexiste con la seudorresistencia “desde dentro”, los ecocapitalistas, los colaboracionistas, el ecologismo místico y los enclaves automarginados.

P. En tu artículo “De la ideología del decrecimiento en el medio libertario”, afirmas algo esencial. Los decrecentistas parecen ignorar que el capitalismo ya está decreciendo. Para ello citas a Alfredo Apilanez quien, a su vez, se apoya en la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia.  Pero muchos economistas ecológicos ignoran deliberadamente la crítica de la economía política marxista. ¿Por qué crees que en el medio decrecentista actual se prefiere recurrir a conceptos morales o éticos en lugar de analizar las leyes objetivas de la acumulación de capital, que ya nos indican que estamos decreciendo?

R. El culpable del desastre ecológico no es el crecimiento de la economía capitalista, sino el propio capitalismo. En particular, la pérdida progresiva de ganancias, el rendimiento menor del capital, en suma, su decrecimiento (valga la redundancia). La condena eminentemente moral de los efectos nocivos, típica del decrecentismo buenista, al culpabilizar a las masas consumidoras desvía la atención hacia el verdadero causante. Como resultado, las propuestas para suprimir la nocividad son ambiguas, endebles e ineficaces. Esta clase de decrecentistas teme quedar fuera del juego político-sindical si propone medidas radicales (como por ejemplo, la abolición del dinero), pero por encima de todo, no quiere caminar por el lado peligroso de la acción antagónica

P. ¿Qué opinas de pensadores marxistas que se han tratado la crisis ecologista como John Bellamy Foster, Jason Hickel o Jason W. Moore?

R. Yo sacaría de la lista a Moore, que no se ha declarado decrecentista, y metería a Michael Lövy. De entrada, confieso que no les he prestado demasiada atención. El marxismo de universidad ha estudiado la última fase del capitalismo, la globalización destructiva, con resultados aprovechables. Pero tales estudios siempre ignoran cuidadosamente al Estado; separan la economía de la política a pesar de estar íntimamente relacionadas. Por eso cuando pasan al terreno de las medidas sus propuestas son predecibles, vulgares e inoperantes

P. En la página 97 afirmas que “las barreras que imponen los recursos limitados o los problemas ocasionados por contradicciones internas no supondrán un freno, ni el principio del fin; con demasiada frecuencia se olvida la extraordinaria adaptabilidad del capitalismo a las catástrofes”. Pero si tenemos en cuenta el declive global en la producción de gasolina o gasoil… tal vez sí que nos hallemos ante una situación “nueva” y que lleve si no a un fin del capitalismo –algo ingenuo quizá-, sí al menos a una gran transformación cualitativa del capitalismo (tal vez vuelta  modelos de producción limitados  y de  distribución de mercancías mas locales) ¿Esas limitaciones energéticas no crees que pueden ser la última gran contradicción del capitalismo fosilista?

R. El pico de la producción del petróleo y el gas, al descubrir un panorama de escasez, condujo al capitalismo “verde” y a la guerra por los recursos energéticos. Hoy, la militarización de la economía mundial viene a reafirmar la hegemonía de las grandes potencias, y por consiguiente, a cuestionar el multilateralismo de la globalización. No obstante, el declive de la producción o del comercio de los combustibles fósiles, sea por agotamiento o por conflicto bélico, no acabará con el capitalismo, ni le obligará a dar marcha atrás (volver al redil nacional y relocalizarse), sino que pondrá fin a la democracia parlamentaria. Tendrá efectos sociales claros por culpa de una mayor desigualdad (acentuada por un acceso selectivo a la energía), y ecológicos, debido a una mayor actividad extractivista, pero sobre todo tendrá efectos políticos: populismo, autoritarismo, desinformación, control, punitivismo y… Ecofascismo.

P. ¿En Francia cuál es la situación del decrecimiento? ¿Se podría comparar al decrecimiento que tenemos aquí?

R. En Francia el campo no se ha vaciado como en España y la instalación de gentes huidas de la urbe fue tan importante como la apuesta gubernamental por las centrales nucleares. En consecuencia, en el país vecino las luchas en defensa del territorio han sido más numerosas e incisivas, con mayor repercusión mediática y política. El debate teórico puede seguirse en muchas páginas: pièces et main d’oeuvre, lundi matin, reporterre, le partage, les amis de bartleby, mediapart, etc. También el ecologismo reformista e institucional tiene más presencia en los medios y las universidades, por lo que dispone de muchas subvenciones y poltronas. De resultas, el decrecentismo se encuentra más extendido y diversificado que aquí -ha llegado a haber un partido del decrecimiento- y sus puntos de vista son difundidos no solo online, sino en papel. Su léxico igual puede surgir en el lenguaje políticamente correcto de cualquier diputado, que en la verborrea del ecologismo gubernamentalista o en la jerga de los neorurales.

P. Semprun sostenía que el decrecentismo corría el riesgo de ser absorbido por el propio sistema. Al no proponer una ruptura revolucionaria con el capitalismo, Jaime temía que este movimiento terminara proporcionando el lenguaje ideal para que los Estados e instituciones regularan la escasez. ¿Hemos llegado a esa situación ya?

R. A juzgar por la conferencia Beyond Growth de 2023 en el Parlamento Europeo, creo que estamos cerca. En España el tema de “Más allá del crecimiento” ha entrado ya en el programa de la izquierda ciudadanista aliada con la socialdemocracia. De hecho, la intención del inventor del decrecentismo Serge Latouche era crear un debate en torno a las dinámicas desarrollistas con el objeto de forzar al poder político a cambiar la fiscalidad, regular la economía y establecer una nueva normativa financiera. En otras palabras, con vistas a institucionalizar el discurso decrecentista.

P. En tu libro tocas el espinoso tema de si existe o no, y de existir, quién es, el sujeto revolucionario actual. Descartas que sea el nuevo proletariado y ves en la defensa del territorio y en el conflicto antidesarrollista, el germen de ese nuevo sujeto. Si el sujeto revolucionario actual solo “se activa” ante la agresión física a su entorno, ¿estamos pasando de una revolución guiada por un ideal universal a una revolución forzada por la pura necesidad material y biológica de supervivencia?

R. Descarto solamente que el sujeto revolucionario pueda formarse alrededor del lugar de trabajo. Señalo la posibilidad histórica de que se forme en las luchas antidesarrollistas porque son las únicas que cuestionan seriamente el capitalismo. Son de alguna manera las nuevas luchas de clase. Ponen sobre el tapete un objetivo más urgente y deseable que la mera creación de puestos de trabajo o la autogestión del sistema industrial: la continuidad de la especie. Cuando el metabolismo destructivo del capital con la naturaleza  pone en peligro a todo el género humano, la supervivencia es la necesidad más perentoria y el ideal más universal que puede haber.    

P. ¿Cómo puede un movimiento arraigado en la defensa de un espacio geográfico específico articularse con otros territorios para golpear al capitalismo en su conjunto sin necesidad de estructuras centralizadas o partidos? ¿Cómo evitar las rivalidades por los recursos que comparten varias de esas comunidades; ríos, bosques…?

R. Como han demostrado las luchas indígenas y campesinas en América Latina, la defensa del territorio ha de articularse principalmente sobre relaciones de vecindad, o sea, en estructuras comunitarias barriales y municipales. Las comunidades no necesitan partidos ni sindicatos para administrarse, defenderse o resolver litigios intercomunitarios, pero sí pactos, alianzas, trabazones y coordinación  entre ellas.

P. Existe un “decrecentismo libertario”, que propone la creación de comunidades supuestamente aisladas del sistema de producción capitalista y el mercado global. ¿Se puede escapar de las zarpas del capital? ¿Es posible la creación de zonas de sombra? Parece existir cierta maldición que nos lleva a que, cualquier proyecto aparentemente autónomo, acaba cayendo en la lógica del mercado global.

R. Es posible. Dada la capacidad del capitalismo para integrar las luchas en su seno, la alternativa anti-integradora es la segregación. Salir del capitalismo -y del mundo industrializado- es el objetivo estratégico tanto del antidesarrollismo como del decrecimiento “libertario”. ¿Cómo se hace? En principio, garantizando la alimentación, la salud, el transporte y la educación a través de actividades no mercantiles, autónomas, algo muy difícil de hacer en el aislamiento, pero todavía plausible si se hace en colectividad. El capital abandona los espacios poco rentables o mal defendibles y presenta grietas en las leyes que pueden aprovecharse. Naturalmente, la nueva forma de vida implica dificultades y problemas que no todo el mundo está dispuesto a soportar, de ahí la contaminación de la cooperación extracapitalista con prácticas de mercado o con ayudas administrativas. No hay maldición ni destino, más bien cansancio y desmoralización.

P. Propones ruralizar la vida, una relación diferente entre la ciudad y el pueblo. Dadas las circunstancias tan cambiantes que estamos ya viviendo y que irán provocando cambios más drásticos en nuestro modo de vida, ¿es posible que el salto a una vida rural se dé de forma abrupta, en cosa de unos pocos lustros?

R. La desindustrialización social ocurre en doble sentido. El salto a la vida rural es a la vez un salto a la vida urbana. La vuelta al comunal es asimismo una vuelta al ágora, a la plaza pública. Que el salto se realice de forma abrupta, mediante una revolución, o en cuestión de lustros, mediante un proceso evolutivo, dependerá de la conciencia esclarecida de sus protagonistas, de la fuerza que dispongan y de la debilidad del poder instituido con el que se enfrenten.

P. Hay autores que ven en la Alta Edad Media peninsular, por ejemplo, un referente precapitalista al que tender, comunidades aldeanas, que viven de forma autogesionada, ¿es posible traer ese modo de vida a largo plazo en la península ibérica?

R. Esas formas todavía existen aunque son muy exiguas y puramente testimoniales. Joaquín Costa en su “Colectivismo Agrario” no solamente estudió los concejos  y las prácticas comunales de la Península, sino que las propuso como base de una reforma agraria. Hoy quedan como ejemplo de una sociedad al margen del Estado, autogobernada y autoabastecida, típica de un determinado periodo histórico marcado por el patriarcado, la expansión de las monarquías y los levantamientos antiseñoriales. Naturalmente, en sus aspectos realmente ejemplares sirve como fuente de inspiración, pero al mismo nivel que las colectividades rurales de 1936 o los soviets campesinos de la insurrección makhnovista. La abolición del capitalismo traerá consigo formas libres de convivencia en común que se desenvolverán en condiciones muy diferentes de las que posibilitaron la aparición de las comunidades medievales.

P. En la parte final, haces un recorrido del pensamiento utópico a lo largo de los últimos siglos, hasta su muerte y la llegada de las distopías “estalinistas”.

R. Entiendo que existen dos dimensiones libertarias de la utopía; una utopía “social”, que imagina una vida emancipada, cuyas necesidades y deseos se adapten  a lo que puede proporcionarnos la naturaleza y el valor de uso de lo producido, sin explotación de unos sobre otros (que es a la que tú más te refieres), pero entiendo que eres consciente de otra utopía “irracional”, que aspiraba a una vida de excesos y lujos, como el del mito de la Edad de Oro, o el del Pais de Jauja… A menudo esa segunda dimensión de la utopía se ha mezclado con la utopía del liberalismo, de una vida lujosa pero sustentada en la explotación de otros o una vida hipertecnológica en donde la tecnología nos aporte todos los lujos imaginables, pero a costa de la destrucción de la naturaleza. Pero bien sabemos que alimentar la imaginación por ese lado, es más que necesario.

P. ¿Crees que es bueno que los libertarios defiendan esa otra dimensión irracional de la utopía? ¿No crees que  rechazándola, como propuso Aurélien Berlan en su obra “Autonomía y subsistencia”. Una teoría ecosocial y materialista de la libertad, es hacerle el pasillo a la extrema derecha y al neoliberalismo para que se lo lleve a su terreno, y acapare ese rincón de la imaginación humana y del deseo irracionalista de libertad?

R. Yo no calificaría de irracional una dimensión que se alimenta del deseo salido del inconsciente. No es irracional, es suprarracional. Está por encima de la razón, no contra ella. Plantea la satisfacción de impulsos, sentimientos y emociones; por consiguiente es lúdica, festiva y dionisíaca. Más ligada al juego, a la donación, al derroche, al desenfreno amoroso, al potlach… Esa clase de libertad, puesta de largo por el Marqués de Sade y el Conde de Lautréamont, resulta obligatoria para una gemeinweisen completa. Ya se encargará la comunidad de hallar los mecanismos necesarios para su realización. Hay que tener en cuenta que el capitalismo anda muy por delante; la publicidad de la mercancía se ha pasado siempre en la manipulación de esos deseos “irracionalistas.” Pienso que el juego al orden establecido lo hacen más bien de las prácticas nada seductoras de austeridad, pobreza y abstinencia que pregonan los decrecentistas mal iluminados. Menos, por más que se quiera, es menos.

P. ¿Qué opinas de esas utopías que no tienen “condiciones de materialización”? ¿Quedan simplemente en el terreno de la literatura? ¿Pueden servir para impulsar y motivar luchas revolucionarias?

R. Las primeras utopías eran todas literarias y transmitían una crítica de la sociedad vigente que de otra forma era imposible. En la actualidad, en una sociedad embrutecida, domesticada, oprimida y asustada, lo más motivador e inquietante serían las descripciones futuristas más abominables, es decir, aquellas con más posibilidades de realización. Me refiero a las distopías.

P. Al margen de las utopías sociales, basadas en un deseo ajustado a las necesidades materiales y fundamentadas en una idea de libertad que iguala a todos y emancipa a las personas… ¿eres partidario de utopías irracionalistas, como pudo ser en la Edad Media el mito del país de la cucaña, ese futuro donde crece pasteles de los árboles? O dicho de otro modo: en la mente humana conviven el pensamiento racional con el irracional. En cuanto al pensamiento utópico, ¿defiendes las utopías irracionalistas basadas en el deseo absoluto de libertad?

R. Los cuentos infantiles contienen lugares fantásticos como las que apuntas, que van más allá de la razón y se acercan a lo que los surrealistas dirían lo maravilloso. En general, las fantasías populares rompen la irracionalidad del orden establecido y combaten la insulsez de una vida sometida a sus reglas. Para mí, la imaginación utópica es un instrumento con el que burlarse de un mundo sin sentido, o sea, de la utopía más irracional de todas, la capitalista. En fin, el deseo de libertad absoluta -la búsqueda del paraíso en la tierra- descansa tanto en la pasión como en el pensamiento. Mucho menos en la sinrazón que en la vida. El ejemplo medieval más llamativo a mi entender fue el movimiento “apostólico” de Fra Dolcino y Margherita.

P. Afirmas que la utopía libertaria nos salva del derrotismo; aviva el deseo de una vida sin constricciones, y lo lleva al terreno de la imaginación y el sueño. Citas a Kropotkin, “la palabra utopía no debería aplicarse  a las concepciones basadas en la observación de lo que ya se está desarrollando en la sociedad. En este caso salimos de la previsión utopista parar entrar en la ciencia”. Parafraseando a Kropotkin, ¿podríamos decir que “si mantenemos la utopía dentro de unas limitaciones objetivas impuestas por la realidad deja de ser utopía”?

R. Kropotkin creía ciegamente en la ciencia. Para él, el progreso científico pondría las utopías al alcance. Las ideas liberadoras científicamente demostradas, proyectadas al futuro, no constituían realmente utopías, sino simples adelantos de los resultados de la evolución libertaria del presente. Una realidad anticipada. Sin embargo, el alumbramiento de regímenes totalitarios cientistas y los usos bélicos y genocidas de los descubrimientos científicos, demostraron que ni la ciencia era neutral, ni tampoco los científicos, y que el culto a la ciencia, tan semejante a la religión, redundaba en beneficio de la dominación más abyecta. Algo que podemos evitar siguiendo el consejo de Simone Weil: no someterse jamás a la autoridad de los científicos al tomar decisiones; obedecer únicamente a las luces de nuestra propia razón.

P. Si el anarquismo se mantiene vivo es porque la crítica de la vida cotidiana (de los situs) ha sabido actualizarse. ¿Queda algo del surrealismo en el anarquismo actual? ¿puede el surrealismo, hoy en día, mantener viva esa crítica de la vida cotidiana? Si no, ¿quién puede tomar el testigo del romanticismo revolucionario de años anteriores?

R. La crítica anti-industrial puso al día la crítica de la vida cotidiana. De la vitalidad del anarquismo habría mucho que matizar. En el inicio, la crítica de la vida cotidiana fue más cosa de Henri Lefebvre. Los situacionistas simplemente la anclaron en el centro de la revuelta proletaria. Como dicha revuelta se difuminó en el pasado, junto con la degradación del espacio urbano en el que se apoyaba, los movimientos culturales de vanguardia que la incluyeron en su proyecto quedaron desconectados y aislados, sin terreno de acción. Esa penosa situación empujó a sus continuadores hacia ilusiones insostenibles, a repeticiones de fórmulas envejecidas, a la atribución de contenidos fantásticos a movidas superficiales, al radicalismo retórico o a un eclecticismo confusionista, todo ello muy romántico, pero poco revolucionario. La crítica de la vida cotidiana no es algo que ahora pueda actualizarse solo o principalmente desde la esfera cultural, ya digitalizada, y menos todavía desde la laboral. Sin embargo, la parte no vencida del movimiento surrealista y de la I.S., el núcleo de su mensaje revolucionario, permanece. Creo que, de todas formas, en el ámbito de la cultura resulta menos difícil marcar distancias con la dominación capitalista y, por consiguiente, no es mal sitio para empezar a reinventarse y retomar el testigo.

P. Para acabar, qué opinas de las actuales ocupaciones de plazas a favor del derecho a la vivienda? ¿En qué se parecen o diferencian de las del 15M?

R. El 15M fue ante todo la protesta de los jóvenes de clase media con un futuro problemático cuya responsabilidad atribuían a una clase política corrupta. Su exigencia de “democracia real” se concretó en la creación de partidos como Podemos y Ciudadanos, con el resultado que todos sabemos. Quienes ocupan las plazas ahora son individuos brutalmente proletarizados por el mercado de la vivienda. Debido a que el negocio inmobiliario se ha convertido en una de las mayores fuentes de acumulación de capital, sobre todo en el Estado español, las consecuencias para la población con menos recursos ha sido terrible. La cuestión de la vivienda se ha colocado en el centro de la cuestión social y las ocupaciones o las acampadas son buena prueba de ello. Si bien el derecho a la vivienda no podrá imponerse mientras no se elimine la propiedad privada, cualquier medida de menor alcance será buena si camina en esa dirección. La ocupación actual hay que entenderla en clave electoral. El gobierno la alienta porque busca apuntalarse desviando las culpas hacia sus contrincantes políticos, y para eso cuenta con el Sindicato de Inquilinas que se presta al juego creyendo obtener algo a cambio. Dado que la lucha por la vivienda digna va a ser muy dura, las organizaciones representativas ganarían más con el abandono de todo posibilismo.


Imagen de portada: La fotografía corresponde al exterior de un comercio situado en el casco antiguo de Aínsa (Sobrarbe, Aragón) y fue tomada el 2 de mayo de 2026. Edicions Estranyes.