REFLEXIONES LIBERTARIAS SOBRE LA ACTUALIDAD
Isaac Arriaza*
Buena parte de la educación de nuestros hijos, sino toda, por completo, ha quedado en manos de una miríada infinita y grosera de agentes comerciales al servicio de la mercantilización absoluta de la vida. El exacerbado culto a la personalidad y el narcisismo extremo caracterizan a estos elementos, bufones de la corte en el reino de la colonización tecnológica, verdaderas correas de transmisión del consumo compulsivo, la contemplación generalizada y la pasividad contestataria, cuya única motivación vital es la notoriedad perpetua en la concatenación eterna de eventos que caracteriza a la perfección la era del capitalismo digital. Absolutamente todo el contenido que reciben los jóvenes a través de las redes de influencia digital, que no son otra cosa que un conglomerado de grandes corporaciones —extremo sobradamente conocido—, obedece a la lógica del mercado, por tanto, de forma inevitable está atravesado por ella. De esta manera, no es de extrañar que los valores, las ideas, las aspiraciones personales y la concepción misma de la realidad, de las personas que socializan mayoritariamente a través de mediaciones mercantiles, en su madurez, pero también antes, obedezcan totalmente a los parámetros propios de la ideología dominante y, a su vez, coincidan de forma armónica con ellos. Nos enfrentamos, pues, a una socialización totalmente vertebrada por el capitalismo que no permite, o cada día que pasa lo hace en menor medida, la existencia de resquicios que puedan servir de base para la construcción de relaciones sociales de carácter autónomo, al margen de la racionalidad económica y, por tanto, de procesos socializadores antagónicos a la hegemonía del dinero y la maximización de beneficios.
Ya en 1938, Herbert Marcuse consideró que en las relaciones sociales cosificadas, alienadas o enajenadas, el “órgano” de la felicidad no era la razón, sino la sensibilidad, es decir, la experiencia superficial. Por lo tanto, según el autor alemán, exponente fundamental de la Teoría Crítica y autor de clásicos como ‘El hombre unidimensional’, ‘Eros y civilización’ o ‘Razón y revolución’, lo que se calificaba ya entonces como felicidad era solo el placer que se ha vuelto “exterior”, refiriéndose claramente a todos aquellos estímulos de impacto efímero que inundaban los albores del consumo de masas y la industrialización del ocio[1]. Ochenta y ocho años después esta afirmación no puede conservar mayor vigencia, especialmente en lo referido al desplazamiento de buena parte de la experiencia vital de los sujetos hacia las redes sociales digitales, donde el disfrute consiste únicamente en una sensación momentánea que se ‘renueva’ a cada instante, una vivencia puramente estética y fugaz. La supuesta felicidad proporcionada por el capitalismo digital es del todo incompatible con el desarrollo de ninguna forma de conciencia crítica, pues en su disfrute entusiasta residen implícitamente todas las posibilidades, premisas y mediaciones que hacen posible esa socialidad escindida, atravesada por la lógica mercantil y sus elementos fundamentales: narcisismo, competencia, utilitarismo y predominio de la apariencia (la base de la experiencia sensible) sobre la esencia de los fenómenos. La socialización digital, por tanto, cercena la capacidad misma de razonar y la autonomía de los sujetos. Así, al ahogar la posibilidad de cualquier tipo de desarrollo cognitivo no mercantil —en el sentido que Marcuse le otorga, de conciencia crítica, capaz de autodeterminación—, condena al individuo a una existencia en la que predominan lo inmediatamente perceptible, la imagen y el acontecimiento. En muy pocas ocasiones, entonces, puede orientarse el sujeto al pensamiento trascendente ni tampoco a la praxis emancipadora de tipo universalista.
“La necesidad de libertad ha sido extirpada de raíz bajo el dominio de la falsa comodidad administrada por la colonización tecnológica.”
Si seguimos el hilo de la crítica marcusiana al hedonismo, cuando la felicidad se disocia de la obtención práctica de la libertad, y de su disfrute efectivo, solo queda el individuo aislado, como un ente en si mismo, extirpado de su contexto social; es decir, predomina la mera satisfacción de necesidades que el sujeto experimenta como inmediatas y que, por definición, no son más que simples necesidades materiales. Desgraciadamente, el anhelo de libertad, en el sentido que la Teoría Crítica otorga al término, no es un deseo extendido entre la mayoría de nuestros contemporáneos y tampoco debemos sorprendernos de que así sea. La necesidad de libertad, como condición de una emancipación consciente y, por tanto, de la felicidad humana, ha sido extirpada de raíz bajo el domino de la falsa comodidad administrada por la colonización tecnológica. Esta situación se hace especialmente grave en la época digital, considerando la existencia de una cotidianidad atravesada por la tecnología; ahora, pues, el disfrute individual, el supuesto goce ilimitado puesto a disposición del sujeto por medio de la pantalla, exige la renuncia efectiva a ejercer cualquier forma de libertad política de tipo autónomo, antiautoritaria o radicalmente contraria a los designios de la mercancía. Sin duda, el aparato tecnológico que sustenta la socialización digital se funda sobre la ausencia de libertad de los sujetos, es decir, sobre su sometimiento y sumisión sistemáticas. Que estos procesos acontezcan bajo la apariencia de una elección libre, cuando no es otra cosa que una mera decisión de consumo, resulta indiferente; de hecho, ilustra de forma clara el grado de conciencia de la población sobre el proceso social de su vida y, con ello, el efecto del aparato ideológico sobre sus anhelos, aspiraciones y vivencias.
Incorporando sin rodeos el análisis materialista heterodoxo, Marcuse, en el citado texto crítico con el hedonismo típico de la industrialización, afirma que existen muchas vías a través de las cuales los estratos subalternos pueden ser educados para la distracción y la satisfacción sustitutoria. Y pone como ejemplos el deporte y el sinfín de entretenimientos populares que ya eran corrientes en su época, entre los que se encontraban el cine de masas, la música moderna y la literatura popular. Con la mirada puesta en el presente, y desde nuestro punto de vista, las redes sociales digitales, así como la socialización digital en su conjunto, que implican la fagocitación de todo tipo de experiencias y sensaciones, conforman el grueso de la satisfacción sustitutoria apuntada por el pensador alemán. No hay margen para dudar de que el conjunto de las necesidades digitales de socialización, propias del momento actual, constituyen necesidades no libres; por tanto, siguiendo una vez más el razonamiento del miembro del Instituto de Investigación Social de Frankfurt, la falsa felicidad de su satisfacción únicamente es posible en un marco social de sometimiento y obediencia generalizados, es decir, solo es viable sosteniéndose en la falta de libertad del sujeto. La verdadera autodeterminación de las necesidades requiere, según Marcuse, una transformación profunda de la estructura social y económica misma, en sentido claramente emancipador. En este punto, la definición de las necesidades deviene un asunto fundamental en la medida en que también interpela al conflicto de clase, de tal manera que en el capitalismo vienen determinadas por la jerarquía económica y es esta, por supuesto, la que establece las condiciones para su satisfacción. Específicamente, en el mercantilismo digital, bajo la colonización tecnológica, esta cuestión adquiere una relevancia decisiva. ¿Existen hoy posibilidades subjetivas reales con capacidad para subvertir el marco relacional impuesto por la colonización tecnológica de la vida? En caso afirmativo, ese supuesto abanico de posibilidades, ¿posee una base material? Es decir, ¿Qué segmentos de la población se encuentran en condiciones de conformar un nuevo sujeto político antagonista?
Según Marcuse, la realización de la praxis social, la participación consciente de los individuos en la administración total de su existencia, supondría la transformación definitiva de la actual estructura de falsas necesidades. Es decir, la realización práctica de su necesidad primordial como seres humanos, la libertad, permitirá la determinación de nuevas necesidades secundarias, acorde con su verdadero interés (de clase, se entiende). Sin embargo, este es un razonamiento circular en buena medida. ¿Cuáles son las necesidades secundarias que, una vez satisfechas de forma libre y no bajo la determinación de la estructura social capitalista, permitirán de una vez por todas la conquista de la libertad efectiva y, por tanto, definitiva? Aquí, sin duda, se abre un campo de discusión fértil, interesante y controvertido para todas aquellas personas preocupadas por las posibilidades efectivas de emancipación del sujeto contemporáneo, culminado, pues, por otro interrogante no menos sugerente: en la actualidad, ¿son compatibles la libertad como racionalidad emancipada y la tecnología burguesa?
“Los influencers constituyen auténticas vallas publicitarias orientadas a la obtención del máximo rendimiento a costa de su imagen, sus declaraciones o, simplemente, su pose.”
La influencia del capital pone de relieve que bajo la colonización tecnológica la única socialización posible es de tipo mercantil. Por tanto, para todos aquellos individuos que han interiorizado los valores, códigos comunicativos y conductas de la sociedad actual, que se han convertido en ciudadanos-consumidores “funcionales”, el mundo de lo posible se circunscribe a lo dispuesto por la concurrencia tecnológica, específicamente, por el mercado digital de las influencias. Aun así, lo que puede parecer una limitación en realidad no lo es, ya que el sujeto no puede concebir para su vida ninguna esfera que esté situada fuera de los designios de la mercantilización ni, pronto, como ya sucede en China y Rusia, a salvo de la vigilancia absoluta del Estado. Resulta sencillo deducir, pues, que la principal función de los llamados influencers es, mediante la consecución del mimetismo generalizado, garantizar y reforzar la adhesión pacífica de los sujetos a los principales elementos de la ideología dominante: competitividad, individualismo y racionalidad instrumental —léase, utilitarismo—; con lo anterior, pero no menos importante, creencia ciega en el dogma del desarrollismo tecnológico y adhesión obediente a la administración permanente de la vida por parte del aparato burocrático. Supone una obviedad afirmar que la socialización mercantil, continuamente mediatizada por la tecnología, ha conquistado la hegemonía desplazando de forma masiva a todas las anteriores prácticas relacionales protagonizadas por los seres humanos hasta la fecha. La sencilla utilización de los dispositivos digitales y sus plataformas ha desencadenado una potente y, al parecer definitiva, traslación de la vida analógica hacia la existencia virtual, sin que los individuos y las comunidades hayan opuesto resistencias dignas de ser destacadas en estas líneas. Así, los llamados influencers conforman un modelo de conducta social exitosa —por tanto, un modelo a emular— para todas aquellas personas cuya interrelación social se circunscribe al uso constante de las redes sociales digitales o las aplicaciones de mensajería instantánea. En la actualidad, ese grueso de población supone ya una proporción nada despreciable, especialmente en aquellos territorios donde buena parte de los individuos puede acceder a la compra de un dispositivo y procurarse una conexión a Internet. Precisamente por la relevancia que los usos digitales tienen en el mercado, las infraestructuras necesarias para su funcionamiento son cada vez más asequibles en términos monetarios. Incluso, por parte de la izquierda del capital, tecnófila hasta la médula, en un lamentable ejercicio de mediocridad, que solo demuestra lo profundo de su decadencia y su genuflexión al statu quo, se ha podido leer y oír con insistencia la defensa de determinados derechos digitales universales, relacionados con una supuesta democracia 5.0, una suerte de welfare state reformulado por enésima vez y atravesado ahora por una versión ética de la colonización tecnológica. Al destacar, claro está, el éxito de determinada conducta social me refiero en esencia a todos aquellos comportamientos que se engranan perfectamente en el capitalismo y alimentan la generación continua de valor. Los influencers, entonces, constituyen auténticas vallas publicitarias, eternamente cambiantes según las corrientes que marcan el mercado y la moda, orientadas hacia la obtención del máximo rendimiento a costa de su imagen, sus declaraciones o, simplemente, su pose[2].

Por el lado de lo urbano, desde el punto de vista de los lugares donde acontece la socialización, la influencia del capital tiene un efecto claramente desintegrador y restringe el uso de los espacios a causa de la desolación producida por la especulación inmobiliaria, reduciendo al mínimo las oportunidades para la conformación de vínculos sociales al margen de los dictados de la competencia, incluyendo, claro está, todas aquellas posibles experiencias de construcción comunitaria de raíz contestataria, autónoma y antagonista. Al extirpar los encuentros y la comunicación social de las calles, el entramado urbano y suburbano se transforma en una inmensa extensión de pasto para las franquicias del entretenimiento y el consumo, en el caso de las ciudades, así como se articula en una ingente red de reparto de mercancías en el lado de la dispersión habitacional, propia de los grandes extrarradios metropolitanos. La publicidad gráfica de tipo clásico, a través de grandes lonas, carteles o plafones luminosos, está en si misma en crisis en un mundo en el que los individuos fijan constantemente su mirada en los dispositivos y sus preceptores favoritos les indican —en apariencia, de forma personalizada— qué es lo próximo que deben adquirir. Los pocos encuentros presenciales que se resisten a desaparecer no logran reunir a demasiados adeptos y, sea como fuere, no pueden evitar que su difusión se canalice mayoritariamente a través de los canales digitales de distribución masiva de mensajería, las cuentas de redes sociales o los escasos proyectos de comunicación verdaderamente independientes que languidecen en la red de redes. Así, los grupos de adolescentes que, lógicamente, todavía deambulan alegremente por las calles de barrios y municipios lo hacen absolutamente ajenos a las pocas voces disidentes que presionan —siempre en precario— para protagonizar una existencia no mediada continuamente por la tecnología, esto es, hoy día, por el capital. Creen de verdad relacionarse, para ellos es un hecho indiscutible, y conformar vínculos auténticos, cuando mediante su interacción constante a través de las plataformas digitales lo único que aseguran es el engorde y fortalecimiento de la maquinaria burocrático-mercantil. Además, lo que es más grave, y sin saberlo, abandonan toda oportunidad de constituirse como sujetos capaces de actuar significativamente, esto es, investidos de las herramientas que les permitan provocar cierto cambio sustancial sobre su entorno. De hecho, reclaman de forma trágica y salvaje lo que creen firmemente que les pertenece: la mercancía y su ostentación. La derrota no puede ser en este punto más contundente.
“Cualquier ilusión, no importa que fantasía o experiencia, así como también la obtención de afectos y reconocimiento, pueden ser materializados en pocos minutos a través del dispositivo personal.”
Finalmente, desde el punto de vista psicológico, la influencia del capital provoca en el individuo adulto un severo retroceso emocional y, de forma cuasi ineludible, lo lleva a permanecer en un estado de eterna adolescencia. El sujeto, se diría, transforma su eventual madurez en algo substancialmente diferente: a través de la colonización tecnológica, las personas interiorizan con inusitada premura la posibilidad —digital— de no renunciar absolutamente a nada, pues todo, absolutamente todo, permanece a su disposición, a su alcance. Cualquier ilusión, no importa que fantasía o experiencia, así como también la obtención de afectos y de reconocimiento, pueden ser materializados en pocos minutos a través del dispositivo personal. La conexión y la interacción permanente con la máquina constituyen el perverso antídoto contra la amenaza de la ansiedad, generada por la misma dinámica de la socialización tecnológica. Estamos, pues, ante un proceso circular, incluso tautológico. Entonces, las razones que explican porqué infinidad de jóvenes manifiestan su voluntad de convertirse en influencers por medio, claro está, del uso intensivo de dispositivos, son a la vez socioeconómicas y psicosociales: los adolescentes se encuentran sujetos a un peculiar desarrollo emocional y afectivo en el marco de la estructura social actualmente existente, marcada por la hegemonía del rendimiento, la eficiencia y el beneficio. Así, el capitalismo desbocado y la colonización tecnológica subsiguiente han conducido sus deseos procurándoles la posibilidad de satisfacer todo aquello que resulta ajeno a los espacios societarios situados al margen de la mercantilización y, sin posibilidad de retroceso, los han hechizado definitivamente. Considerando la gran cantidad de estímulos audiovisuales que están a su alcance, las redes sociales consiguen un alto grado de popularidad entre los adolescentes a causa de la atmósfera de sociabilidad estable que el ecosistema digital pone a su disposición. A través de los ojos de la generación analógica que insiste en oponer resistencia, este entorno basado en la socialización virtual persistente resulta a todas luces incomprensible; de hecho, parece inverosímil otorgar un mínimo grado de estabilidad o previsibilidad a las dinámicas propias de la comunicación y el consumo digitales. Sin embargo, al mismo tiempo, debemos admitir que lo contrario no resultaría tan atractivo y sugerente para el conjunto de jóvenes, cuyas necesidades psíquicas de atención y reconocimiento no son tan distintas de las de sus homólogos occidentales que vivieron, como mínimo, medio siglo antes que ellos. La capacidad del capitalismo digital para desencadenar una atmósfera relacional estable, proveedora de mecanismos, códigos y modelos de conducta que conducen al éxito social en el marco del mercado, es más que evidente. De la misma manera, es necesario destacar la incapacidad absoluta que han demostrado las instituciones históricas de socialización y control para contrarrestar las transformaciones ocurridas en los últimos decenios. Muy lejos de la resistencia, Estado, escuela, como parte indistinguible del anterior, familia y sociedad civil no han logrado, ni siquiera se han planteado, ofrecer alternativas efectivas en clave de emancipación, que hicieran posible generalizar una socialización no mercantilizada. Es más, las instancias referenciadas, por acción u omisión, han contribuido decisivamente a la situación en la que nos encontramos. En este sentido, y bajo nuestro punto de vista, resulta verdaderamente enfermizo servir sin miramientos las condiciones para el desarrollo generalizado de una personalidad y una estructura de carácter enajenadas, frágiles y, por tanto, sometidas a los continuos vaivenes de la publicidad indiscriminada y la mercadotecnia esquizoide. No existe, pues, buena educación posible en relación con la utilización de los dispositivos como profilaxis para la eventual prevención de situaciones consideradas extremas o indeseadas. La propia mediación instrumental disponible, todo el sostén tecno-burocrático-mercantil funciona armónicamente en un solo sentido, junto con una significativa bifurcación: la acumulación de plusvalía junto con la generalización de neurosis en los sujetos, acompañadas en todo momento de contemplación y pasividad frente a la hegemonía del capital. Respecto a lo anterior, los individuos solo pueden abandonarse ante el curso inevitable de la normalidad digital o, por contra, si con suerte oponen resistencia, vagar en el ostracismo social entre sus contemporáneos. En ese páramo de supuesto aislamiento es precisamente donde se intuye la eventual conformación de una socialización desmercantilizada y, por tanto, libre de la ubicua presión estructural de la colonización tecnológica.
Las instituciones, herramientas y mecanismos del capitalismo contemporáneo no se prestan en absoluto a la tarea de articular una sociabilidad de corte autónomo y autogestionario; de hecho, existen como todo lo contrario. Nada puede ser aprovechado, pues, de las llamadas nuevas formas de comunicación e interrelación personal vertebradas por el dominio de la programación informática generalizada. Se revela como radicalmente necesario, entonces, construir un nuevo paradigma de apoyo mutuo analógico, tangible, carnal, esto es, físico, sobre las ruinas del actual modo de producción, consumo y socialización mercantiles. Si pretende protagonizar la construcción de lugares y dinámicas de relación social radicalmente contrarias a lo descrito hasta ahora, la praxis autónoma y antiautoritaria, libertaria, necesita aceptar esta realidad, por cruda que pueda resultar. Además, debe precipitar con urgencia la vertebración de vínculos comunitarios enraizados en la autogestión y capaces de contrarrestar la profunda influencia del imperialismo digital sobre la estructura de carácter de las nuevas generaciones. Antes de que sea demasiado tarde.
*I. Arriaza forma parte de la Redacción de Antagonistas.
[1] Marcuse, H. (1938). Para una crítica del hedonismo. Compilado en Marcuse, H. (2025). La teoría crítica en la era del nacionalsocialismo. Ensayos (1934-1941). Editorial Trotta. Madrid.
[2] En la medida en que el sistema político se sustenta en los mismos pilares que el capitalismo digital, forma parte de su estructura misma, la mencionada obtención del máximo beneficio también rige para la mercadotecnia electoral y el litigio partidista. No puede extrañar, pues, que los productos en liza quieran exponerse en los más visibles escaparates del mercado digital. Véase la siguiente información: https://elpais.com/espana/elecciones-generales/2026-10-26/para-nosotros-es-historico-como-jordi-wild-logro-el-si-de-sanchez-feijoo-abascal-y-colau-para-ir-a-su-casa.html
De las imágenes: las ilustraciones son obra de Miguel Brieva y pertenecen al volumen Dinero. Revista de Política Financiera e Intercambio Espiritual. 2012. Random House Mondadori. Barcelona. Licencia Creative Commons: Reconocimiento-No comercial-Compartir igual.

